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4.4.2008

MI FILOSOFIA DEL DESPLAZAMIENTO

Cada vez que me levanto para salir de viaje siento una necesidad irresistible de quedarme en casa. Como si cada viaje significara el final de una etapa de mi vida, que el viaje convierte en pérdida irreparable. No importa que la razón del viaje sea placentera y lúdica. Esta sensación, mezcla de fracaso, melancolía y nostalgia anticipada, me acompaña siempre que salgo de viaje.

Camino del aeropuerto de Torrejón voy leyendo El País y Les Inrocks. Y siento una repentina y urgente necesidad de leer todos los libros que aparecen reseñados en el suplemento literario Babelia, (“El asombroso viaje de Pomponio Flato”, de Eduardo Mendoza, “Dios no es bueno” de Christopher Hitchens,... etc.) ver todos los espectáculos que recomienda, comprar todos los discos que me atraen a primera vista en Les Inrocks, escucharlos todos, y seleccionar los que me seducen de inmediato.
Cada vez que voy camino de un aeropuerto creo que estoy abandonando mi propia vida, y que voy a la deriva.

Cuando llego al aeropuerto empiezo a tomar las primeras notas, acompañado por la agradable presencia de las Esclavas del Deseo (Bárbara Peiró, mi Intermediaria con el Mundo Exterior, Lola García, Responsable de Asuntos Internos, Esther García, Directora de Producción de El Deseo) mi hermano Agustín, su mujer Casilda y un torbellino llamada Bibiana, que llega arrebatada a causa de su apretadísima agenda monegasca. Además de los múltiples actos oficiales ella tiene su propio programa, sus propios programas, quiero decir, que incluyen “el Programa de Ana Rosa”, alguna revista de moda y algún programa de radio.
Por su parte, Boris Izaguirre viene pisándonos los talones, por amistad, implicación emocional y por la exclusiva que ha acordado con el semanario “Hola” para escribir la crónica del evento, a dos palmos de sus protagonistas.


Las esclavas de El Deseo S.A.
© Pedro Almodóvar
 
 
 
 

Los Alaska-Vaquerizo verterán sus experiencias en su recién nacido blog, y yo, como Vds. están viendo, hago lo propio con el mío.
Le comento a Bibi mi extrañeza ante tal acumulación de cronistas. ¿No nos estamos pasando yendo de Emperadores de la Movida y multiplicándonos a la vez en cronistas exhaustivos de nosotros mismos? ¿No hay algo depredador respecto a sus serenas altezas monegascas, inconscientes de lo que se les viene encima?
Tengo la impresión de que estamos saltándonos una etapa en el proceso natural de “vivir para contarlo”.

Me vienen a la memoria los primeros tiempos del periodismo-ficción, cuando Truman Capote formaba parte del equipaje de los Rolling Stones en su gira rusa, allá por los años 70.
Pasando por alto que ninguno de nosotros posee un gramo del talento de Capote, no sé si me parece buena idea que, en un exceso de entusiasmo, nos hayamos convertido en nuestros propios Capotes.
Se lo comento a Bibi, pero no llego a ninguna conclusión.
Son los nervios del viaje, me dice ella, yo estoy atacá.
Lo único que ocupa su mente es causar en Mónaco la misma impresión que Carla Bruni en su reciente visita a la corte inglesa.

 

MA VIE EN BLEU

Azul por la tarde, recién llegados, azul como el mar de la Costa Azul, azul como los príncipes de los cuentos de hadas, y como la sangre de los príncipes. Azul relajante, sencillo, puro, para un entorno barroco, rocambolesco y vertiginoso.


Ma vie en bleu.
© Pedro Almodóvar

 
 
 
 

Mónaco, por la tarde. Nada más dejar colgado el smoking, diseñado para la ocasión por Stefano Pilati, el alma de Yves Saint Laurent, por deformación profesional, en vez de quedarme en el hotel, y echarme una siestecilla, me planto en el ensayo general-prueba de sonido de la gala, que se lleva a cabo en la misma sala donde se celebrará El Baile de la Rosa.
En un tiempo record, (tres días) Blanca Li, François Marcadé y su equipo técnico, arropados por la mirada cómplice y pragmática de la Princesa Carolina, han montado un espectáculo vertiginoso y variadísimo de varietés, con el aroma irreverente y exagerado del espíritu de la Movida.


Ensayo del agradecimiento, después del clip de homenaje.
© Pedro Almodóvar
 
 
 
 

Desde Madrid (entregado a la preparación de mi película, acabo de dejar como quien dice a Penélope probándose vestidos para su personaje de Magdalena) tenía cierta aprensión de que la gran aventura monegasca pudiera resultar un poco desastre, por la precipitación y por la magnitud del evento. Yo iba preparado para fingir y clamar a los cuatro vientos mediáticos que todo había sido ideal. Si había que mentir, por supuesto, mentiría.


Prueba de Vestuario, Penélope.
© Pedro Almodóvar

Reconozco que albergaba mis prevenciones, a nivel humano, (cabía la posibilidad de que no hubiera química con sus serenas altezas, esas cosas pasan) y también a nivel artístico (que el espectáculo fuera una mamarrachada, o lo menos adecuado para una ocasión tan especial).
Pero todos mis temores se disiparon nada más poner mis zapatillas de blanco Lanvin en el vestíbulo del Sporting Montecarlo.

 
 
 
 

LA ESPINA OMNIPRESENTE

Me encantó el espacio previo al enorme salón donde se llevaría a cabo la ceremonia, me refiero al vestíbulo del Sporting Montecarlo, el lugar desde el que se accede a la gran Rosa, diseñada por Gatti, para el photocall. El espacio que equivaldría a la alfombra roja estaba flanqueado por una mezcla de chiringuitos playeros mediterráneos de los 60, y puestos de un mercado de flores o de frutas, siempre con posters de mis películas enredados entre las flores y sus espinas.

Decoración del vestíbulo, antes del photocall 1.
© Pedro Almodóvar
 
Decoración 2.
© Pedro Almodóvar
 
 
 
 

Me gustó mucho que, como ya sugería el diseño de la invitación, las enormes rosas rosas fueran ribeteadas de flexibles ramas de espinas. En un acto tan lúdico y barroco, las espinas omnipresentes (las mesas donde después cenaríamos estaban llenas de ellas) representaban la esencia de la cultura española, una de cuyas características ha sido la fusión del humor y del dolor como caras de una misma moneda. En nuestro mejor teatro, nuestra pintura, nuestro cine, nuestra vida… siempre nos hemos defendido del dolor (la espina omnipresente) y de la muerte a base de humor y negra alegría, incluso en la desesperación, sobre todo en la desesperación.

Decoración 3.
© Pedro Almodóvar
 
Decoración 4.
© Pedro Almodóvar

El ensayo del espectáculo, en el gran escenario de la sala del Sporting Montecarlo, ya era una fiesta en todos los sentidos y para todos los sentidos. Números de cabaré “postmo” llenos de humor irreverente, radiantes de erotismo cubierto siempre por la mínima y justa cantidad de lentejuelas. Las paredes llenas de referencias a la Movida madrileña, reproducciones enormes de las fotos coloreadas de Ouka Lele, carteles o material gráfico de mis películas, enormes collages de Dis Berlin. Y en medio de la sala, la auténtica maestra de ceremonias, la artífice de todo aquello, la gran señora del día y de la noche, su alteza la Princesa Carolina, controlándolo todo, trabajando con la obsesión, tenacidad y responsabilidad de un director de cine, o un entrenador de fútbol.

 
 
 
 

Detalles de las paredes del Sporting Montecarlo 1.
© Pedro Almodóvar
 
Detalles 2.
© Pedro Almodóvar

Pegada a su copa de champán, cero actitud protocolaria, Carolina me recibió con el calor y la complicidad de una vieja amiga. Y esta instantánea amistad, se prolongó y profundizó a lo largo de las veinticuatro horas que pasamos en el principado.
Hablando del escaso tiempo de que disponían me contó que en el primer Baile de la Rosa, que su madre organizó, Sammy Davies Jr. se encargaba del espectáculo de la gala, pero se indispuso la noche antes, no entendí bien si por alcohol, drogas, o por ambas cosas, y su madre, la Princesa Gracia, ni corta ni perezosa llamó a su amiga Josephine Baker a París, y allí se presentó la Baker, con sus plumas y sus bananas. Entre los invitados a la fiesta estaba Burt Bacharach que al enterarse del vacío escénico pidió que le trajeran un piano. Él se encargó del resto. El resultado fue tan maravilloso como imprevisto.
Me dio la impresión de que Carolina está acostumbrada a arriesgarse y a improvisar, y que la incertidumbre forma parte de su vida. O tal vez sea una hipótesis mía. Lo cierto es que el famoso Bal no ha perdido su espíritu solidario y sorprendente.


Carolina de Mónaco y Pedro Almodóvar. Primera foto después del primer beso.
© Pedro Almodóvar
 
 
 
 

MA VIE EN ROSE


Por la noche me presentó a toda la familia, su dulce hermano, el príncipe Alberto (se me dirigió en español, encantador) su divertido marido, Ernesto de Hannover (una de las grandes revelaciones para la troupe española, un tipo listo, inteligente, muy culto y en todo momento tratando de entretener, un auténtico showman en la distancia corta. No sé quién, creo que fue Bibi, le dijo que “aquella era una noche maravillosa” y Ernesto de Hannover le respondió “todas la noches son maravillosas”, lo cual expresa una auténtica filosofía de vida, y un optimismo a prueba de tragedias, en una familia con varias tragedias en su haber). También me presentó a sus hijos Pierre y Carlota. Carlota me impresionó. Las fotos no le hacen justicia, es una de las criaturas más hermosas que he visto en mi vida. También me presentaron a Charlene Wistock, pero ni ella se enteró de mi nombre ni yo del suyo.

 
Primer encuentro con el príncipe Alberto y su novia Charlene Wistock.
© SBM

La familia y dos más.
© SBM
 
Los anfitriones y el equipo español.
© SBM

 
 
 
 

Con quien más hablé durante toda la fiesta fue con Carolina, a pesar de que luchaba con la competencia desproporcionada de Karl Lagerfeld, su padre espiritual.

Sonrisas y murmullos al oído (Pedro Almodóvar, Karl Lagerfeld, Jacobo y la princesa Carolina).
© Pedro Almodóvar
 
Encantado de conocer a la exuberante Madame Lagardère bajo la curiosa mirada de Carlota y la cámara de Lagerfeld.
© Pedro Almodóvar


La princesa se divirtió de lo lindo durante toda la velada, me comentaba cada detalle, lo apreciaba todo como si hubiera vivido la noche de Madrid a fondo (y tocando fondo), parecía que hablara español, porque lo entendía todo, lo asimilaba todo.
Admiramos juntos a Mariola Fuentes, a Paco Clavel, a Luz Casal, a Jacobo, el bailarín español que hace baile del vientre entre otras fantasías orientales. La presencia de Jacobo hizo subir considerablemente los índices de humedad y deseo en la magna sala.


Bailando en el Baile, con el bailarín Jacobo, Esther García y la princesa Carolina.
© Pedro Almodóvar

 
 
 
 

Cuando Luz, serena y mayestática, con unas condiciones vocales impresionantes, cantó “Piensa en mí”, Carolina me agradeció el descubrimiento de la canción como si fuera obra mía. Le conté que la inventora de la versión de Luz es una cantante mejicana que se llama Chavela Vargas. Carolina hizo un gesto, tratando de recordar, y eso me dio pie para decirle: Chavela conoció a tu madre en Los Angeles, en los primeros años 50. Creo que se corrieron alguna juerga juntas. Carolina me reconoció que el nombre le era familiar, y que en aquella época su madre tenía mucha relación con Méjico, eran los tiempos de Ricardo Montalbán, me dijo, incluso mencionó la palabra “mexican connection”. Le dije que el autor de “Piensa en mí” fue Agustín Lara, marido de María Félix. Y también tuvo palabras de admiración para la belleza mejicana por antonomasia.



BIBI, (LA VIE EN ROUGE)

Bibiana Fernández, mi pareja en el viaje y en la foto de la invitación, merece capítulo aparte. Viajar con ella, estar con ella es estar en contacto permanente con un himno de agradecimiento a la vida.
De la criatura que a final de los años 50, primeros sesenta, perseguía por Tánger a Ursula Andress y Jean Paul Belmondo para conseguir su autógrafo, esperando días enteros frente a la casa de Gore Vidal, donde se hospedaban, teniendo que pedirles “harira”-una especie de sopa- a las moras para no morir de inanición durante la espera. De esa criatura a la elegante mujer rubia que llegó al aeropuerto de Torrejón para acompañarme a Mónaco hay tanta diferencia como la que existe entre la cruda realidad y un cuento de hadas.

Ella ha tratado muy bien a la vida, y la vida se lo ha devuelto con creces. Este viaje ha supuesto para Bibi una fantasía más, hecha realidad. Lo cual demuestra que hay que creer firmemente en los sueños y en las fantasías que uno alberga sobre su propia persona y sobre su propia vida.

 
 
 
 

Llegó en pleno síndrome de Carla Bruni. Como Emperatriz Consorte de la Movida en tierras monegascas, su última influencia eran las fotos de la Bruni con la Reina de Inglaterra y con el ministro inglés Gordon Brown. Según Bibi, Carla iba perfecta, (cumpliendo también un sueño que en la vida real le viene como anillo al dedo). Bibi quería poseer la naturalidad de Carla Bruni en su impostura.

Es un milagro que la niña que correteaba por Tánger detrás de las celebrities estuviera la otra noche sentada en la mesa más importante de la velada, entre el mago zapatero Christian Louboutin y Karl Lagerfeld.



Sonrisas y pómulos (Bibi, Mario, Pedro, la princesa Carolina y Alaska).
© Pedro Almodóvar

A la derecha de Largerfeld estaba Carolina, y a su derecha yo. Y a mi derecha la novia de Alberto de Mónaco, Charlene Wistock, una bella nadadora sudafricana con más espalda que un servidor, cosa nada difícil ya que Dios me negó la posibilidad de llevar bolsos al hombro, y me creó con hombros escasos y caídos como los lados de una pirámide, razón que explica de sobra mi falta de fe en Dios.

 
 
 
 

Me ha emocionado mucho contemplar de cerca cómo la delgadez morena de Bibiana surgía de una palabra de honor rojísimo de Dior, en la gran gala del Baile de la Rosa. Más que los niños hospitalizados de los que se ocupa la Fundación Princesa Gracia, los grandes beneficiarios de esta Gala Benéfica hemos sido nosotros.

Por la tarde, durante los ensayos, Bibiana tuvo ocasión de vivir un momento banal pero muy notable; en cualquier caso a ella le hacía mucha ilusión.
Hacía unos meses que me había comentado que una de sus fotos favoritas de la princesa Carolina era una en la que hablaba con Karl Lagerfeld en una fiesta. La princesa, absorta en las palabras del genio alemán, sostenía en la misma mano un vaso de vino y un cigarrillo. Para Bibi es una foto emblemática que demuestra que se puede ser una gran señora y a la vez rebosar vitalidad.

 
El homenaje de Bibi.
© Pedro Almodóvar
 

En el escenario se sucedían los ensayos, Bibi estaba de espaldas a la princesa, como puede apreciarse en la foto. Y en homenaje a ella sostenía una copa de vino tinto y un cigarrillo en la misma mano.
Espero que la princesa no se enfade por este sincero y tal vez extravagante homenaje.



 
 
 
 

MI OIDO Y LA NADADORA

A lo largo de mi vida como director he alternado mucho, y creo que el mundo me ha tratado muy bien, a pesar de ello me considero un desastre para la vida social.
Capacidad de comunicación, e interés por los demás no me faltan, pero soy sordo del oído derecho y en una larga mesa llena de comensales, los que se hallan sentados a mi derecha desaparecen, no existen, y si por casualidad veo que alguien se dirige a mí tengo que retorcer el cuello 180 grados, como Linda Blair en “El Exorcista”, para poder oír por el oído izquierdo a la persona que tengo a mi derecha. Todo un número. A veces lo advierto antes de sentarme a la mesa, pero en Mónaco no lo hice.

A lo largo de la velada, la nadadora debía llevar bastante tiempo tratando de comunicarse conmigo, me giré por casualidad hacia ella y la oigo decir algo como: You are bullshitting me… que es como decir que se sentía tratada por mí como una mierda de vaca. Un horror! Yo me deshice en excusas. Y le expliqué la sordera de mi oído derecho. Se lo creyó, y todo quedó ahí. Pero me sentí fatal porque imaginaba que mi sordera de posguerra española seguramente le había hecho sentirse desplazada, en una circunstancia a la que evidentemente no está acostumbrada.

Según me confesó, Charlene lleva sólo un año en Europa (porque mi corazón está aquí, especificó. A lo que yo le respondí que esa es la mejor razón para estar en cualquier lugar). Imagino que todo lo que vio y oyó debía ser muy distinto de su rutina de deportista sudafricana de élite. Y me hubiera gustado serle de mayor ayuda. Fue el único punto marrón en una noche perfecta. Mea culpa.

 
 
 
 

DISCURSO FINAL

Al final, montado con los compases de “Un Año de amor”, cantado por Luz Casal, proyectaron un clip con imágenes de todas mis películas. Fueron tres minutos y medio muy emocionantes. La gente se levantó a aplaudir y yo me levanté con ellos. A ver qué iba a hacer!

Subí al escenario para agradecer el enorme esfuerzo de semejante homenaje y dar por inaugurado el Baile, después de presentar a Fangoria, el grupo encargado de hacer bailar a todos los presentes. Sólo había dos frases que debía memorizar, al principio para referirme a los príncipes debía dirigirme como “Monseigneur, Altesses...” y quería terminar con el latiguillo “this is a bal, so let’s dance” Y así lo hice, pero entre medias, además de agradecer en mi nombre y en el nombre de todos los artistas españoles presentes y ausentes tan superlativo y generoso tributo, puntualicé algo que para mí era esencial. Rindiendo un homenaje a la cultura madrileña de los primeros ochenta, a nuestra música, nuestra estética, nuestra sed inagotable de placer y diversión, quería recordarles que estaban rindiendo homenaje al acceso de España a la libertad y a la democracia. Nada de lo que allí habían visto, ni una sola de las imágenes de mis películas hubieran sido posibles si en España no hubiéramos vivido en libertad.


 
Homenaje al Cine Doré. La Filmoteca Española.
© Pedro Almodóvar
 

 
 
 
 

Después de pronunciar por segunda vez la palabra libertad hubo un gran aplauso, lo que significa que a pesar de mi mal inglés, la sofisticada audiencia de “El Baile de la Rosa” había entendido perfectamente mis palabras.
Y eso me llenó de orgullo y satisfacción.

Pedro Almodóvar.